
Presentación de Notas de campo (edición argentina)
Hace unas semanas, cuando escribí la contratapa de Notas de campo, no me había detenido, al menos conscientemente, en el epígrafe de la obra, una frase de Rodolfo Kush de su América profunda:
Pero no se trata del silencio de no decir palabras sino del silencio que hay cuando se habla: el silencio que consiste en no decir cosas esenciales.
“Lo que hace a los malos poetas más malos aún es que solo leen a poetas (así como los malos filósofos solo leen a filósofos), cuando sacarían gran provecho de un libro de botánica o de geología”, decía Emile Ciorán. Me consta que Eduardo Rezzano es un lector inquieto y que en su maletín imaginario, en su caja de pinturas, carga con, por así decir, curiosas materialidades.
Respecto a los libros que rodean el universo de nuestro autor mencionemos que está enamorado de Caro: una antropóloga brillante, investigadora de las comunidades del Impenetrable. Una antropóloga que se sumerge en el territorio, en la mismísima jungla, con su cámara, su hoja de ruta y sus notas. Por consiguiente, no puedo dejar de especular con los acercamientos del poeta a esos textos (un tanto artesanales) de las ciencias humanas, tal vez leyendo todo un capítulo de Margaret Mead de un tirón, a la madrugada, o simplemente pasando un dedo inquieto por la textura de uno de sus tomos, mientras su compañera calienta el mate en un fueguito, a la vera de un arroyo, entre Chaco y Formosa.
Rezzano elije, entonces, a un antropólogo de los márgenes de la academia para abrir sus Notas, alguien que concebía lo comunitario como una red de afectos. Mario Arteca, a propósito de los libros Gato barcino y no fábulas, en su libro de ensayos El segundo asombro, editado también por Pixel, identifica en nuestro poeta una “antropología de la disección” y una suerte de “sociología del detalle”. Se imponen, entonces, las preguntas: ¿Cuál es el objeto de esta disección antropológica? ¿La dispersión de lo humano, es decir, lo real, es decir, lo intermitente? ¿La maquinaria blanda y pegajosa de la burocracia y la economía? ¿El mismísimo lenguaje? ¿La disección de sí mismo, del propio Rezzano? ¿De la psique, del aliento? Podríamos quedarnos con la metáfora del “taxidermista de sí”, un taxidermista con la suficiente habilidad como para apartar los cadáveres que se le van acumulando y, entonces sí, hacer foco en la materia oscura.
De mi segunda lectura del libro —que demanda varias— puedo sostener que en Notas de campo no estaríamos frente a poemas o frases poéticas/ humorísticas/heréticas, sino a unos artefactos que tienen la habilidad de poner en suspensión lo dado. El poeta devela en un rictus sonoro-silencioso algo que se encuentra acá pero allá, corrido de escena, como si la realidad fuese un gran teatro dispuesto en un mecanismo que, cada tanto, debemos acarrear para que no colapse y desnude sus engranajes ardientes. Carlos Ríos, en la presentación de Pianista acompañante (Volcán de Agua, Ensenada, 2025), nos decía justamente que Rezzano, a las palabras, “las acarrea”.
En cualquier caso, el autor, desde su blog, nos advierte: “Escribí Notas de campo sin darme cuenta mientras trabajaba concienzudamente en mis últimos libros de poesía. Está compuesto por notas marginales o apuntes tomados al vuelo en las sucesivas libretas que me han acompañado tanto despierto como dormido, cuadernos que viajaban en mi mochila a donde fuera y que velaban por mi descanso desde la mesa de luz”.
Y sigue:
“El campo, el terreno explorado, relevado, cartografiado nunca fue otro que el flujo de mis pensamientos, y el papel del lenguaje en todo esto quizás haya sido el de una tijera que corta y recorta ese flujo delirante y produce figuritas de papel con formas variadas. En algunos casos puede que esas figuritas nos resulten familiares o nos recuerden algo que pudo habernos ocurrido o no, verdades a medias por las que preferimos no poner las manos en el fuego”.
Aludí a la “suspensión de lo dado”, pero deberíamos tamizar estas figuritas con la disposición de los textos de los cinco cuadernos, una disposición, diría, rítmica. Como si Rezzano nos revelase un poco de su tamborileo (se sabe, él es músico, percusionista). Recuerdo que en un viaje que hicimos a Misiones, al monte, lo veía moviendo los palillos todo el tiempo —usaba ramitas de urunday o de paraíso—. Si por el contrario se quedaba quieto, manejaba un silencio en el que sospechábamos que la operación jazzística se producía en otro plano. ¿Percutía hacia adentro? ¿El lenguaje, en ese caso, iba por afuera?
Nuestro poeta escribe:
Piensan que soy demasiado
callado, pero cuando estoy solo
hablo como un loro parlanchín.
o
La omnipresencia es un atributo de Dios, pero en el ser humano se da una enfermedad que se llama presentismo. (…)
Tomémonos una licencia y hagamos ciencia dura:
Nosotros, los mortales, nos concebimos como entes más o menos autónomos, pero estudios recientes afirman que constituimos, cerebral y químicamente, una suerte de antena receptora que está sincronizada con las resonancias de Schumann (7,83 Hz -hercios-), un pulso electromagnético de frecuencia extremadamente baja generado entre la superficie terrestre y la ionosfera y originada, escuchen bien, por relámpagos. Está claro: los relámpagos irrumpen de manera constante a lo largo y ancho del mundo, y existen indicios de que nuestro cerebro ajusta su actividad, especialmente en estados de calma, a este "latido" terrestre. ¿Tendrá, Rezzano, una sensibilidad especial a esos desechos de luz?
Deseo terminar con la hipótesis del ritmo, pegar un volantazo y hacer una referencia a lo ominoso en Freud.
Sigmund utiliza el término unheimlich (ominoso) que se opone a heimlich (familiar, íntimo, doméstico). Heimlich, y esto es lo maravilloso de cualquier lenguaje, significa, al mismo tiempo, oculto. Lo ominoso sería algo así como una angustia terrorífica ante algo familiar o cotidiano que se releva. El padre del psicoanálisis va un poco más allá y distingue entre lo ominoso de algo experimentado y lo ominoso de algo meramente pensado o imaginado. Lo cierto es que en Notas de campo sonreímos o soltamos más de una carcajada, pero, cada tanto, quedamos tecleando: nos enfrentamos al ritmo rezzaniano. Después de algunos juegos de palabras, ingeniosos, divertidos —por ejemplo: Si un boxeador imita a su adversario, se dice que copia y pega—, llegan las suspensiones, la textura del silencio o los golpes de címbalo:
Mi tercera hija, la del medio, volvió de la guerra con un ojo menos. Mi tercer ojo, el del medio, volvió de la guerra con una hija menos y sin palabras.
o
Estaba preparando las viandas para mi perra y pensé que era sangre de pollo lo que caía de la mesada, pero era mi propia sangre, derramada.
Cierro estas palabras preliminares con un texto que tal vez me dé la razón, que demuestra que Eduardo, mi amigo, es el gran percusionista de las palabras, que tiene un manejo del lenguaje con una naturalidad pasmosa y que, a esta altura, muchos consideramos imprescindible:
Los espacios comunes se limpian periódicamente y no tengo ninguna queja, pero los espacios fuera de lo común están un poco descuidados (con “espacios fuera de lo común” me refiero especialmente a algunos parajes todavía inexplorados de nuestro viejo y querido sistema solar).
En la contratapa aludí a la panacea vital, siguiendo a Deleuze. Agreguemos su vitalismo aberrante. Por eso leemos libros como Notas de campo: para reírnos o quedarnos siniestrados, para tener nuevos motivos por los cuales resistir (o escribir) y para sospechar de la burocracia casi perfecta de la realidad, esa maquinaria blanda y pegajosa que se amolda implacablemente a nuestras sombras y que, gracias a poetas como Rezzano, nunca nos va a reemplazar del todo.
Andrés Szychowski